22/11/10

Fantasmas 2.0


¿Por qué es tan difícil?

Sólo quiero sonreír y estar bien y caminar contigo de la mano. Abrazarte y no pensar en absolutamente nada. Que solo exista ese momento, tú y yo.

¿Cómo hago para que los fantasmas se vayan? como mierda hago que se vayan y me dejen en paz? No puedo sola, mis lágrimas son más grandes.

El vacío en mi pecho es más fuerte que todos los abrazos que me des y que me darás.

¿Por qué no soy solo yo, solo tú, y que se joda el resto?

Te amo, en serio lo hago. Pero de una forma antipersonal, egoísta. Yo me amo y no me quiero hacer daño. No puedo seguir así, decayendo cada cierto tiempo, ¿así será siempre, mi amor? Dime que hago para dejar de pensar en todo y ser feliz contigo? Dime sólo que hago y yo lo haré, cualquier cosa, quiero estar bien, quiero que estés bien, quiero que estemos bien...

18/11/10

Despedidas contínuas que giran en círculos

Gestos y palabras que quedan grabadas por el mismo hecho de que desaparecerán. Ahí está lo interesante, en tapar con muchas sábanas el recuerdo para que al destaparlo se mantenga vivo.

Qué te pasa?

Por más que pase el tiempo, me escribiste con plumón indeleble. En cada ventana y en cada tarde de verano. Volví.ste.

Y si he vuelto yo? Y si me he ido? Y si nunca te fuiste?

Las distancias son más grandes que las simplemente espaciales.

Esa melodía te acaricia, te llena, te eleva, te golpea y te empuja violentamente. Lo sé, no es fácil. "Ni siquiera sé qué es lo que siento al hablar hoy contigo"... Tranquilo, así pasa.

A: But I miss you...

S: So miss me.

A: But I still loving you...

S: Just love me.

17/11/10

Comprobado: existe la ley de la atracción

El sol brilla sobre mi cabeza hoy a las 4 de la tarde, he estado mirando hacia arriba y pensando en cuándo podré llegar ahí. No hago más que querer, que sentir ganas y no satisfacción.
De qué depende el sentimiento? cuánto se puede decidir sobre lo que uno siente. Quiero verte, quiero sonreír y hablar mucho, un buen rato. Quiero ser yo otra vez.
Yo solía ser quien te robaba sonrisas, yo solía ser en quien pensabas todos y cada uno de los días cada mañana.
Cuál es la línea que crea el límite entre una sonrisa y una carcajada?
Sonríeme.
Aún tengo un vacío aquí...

pum! apareciste.

11/7/10

de ti


Y entonces:

se va, se aleja,
se cae y regresa,
vuela, más alto,
huye,
corre y camina.
Se pierde y lo encuentras,
no llega, espera,
se tarda, se alarga,
llora, teme,
finge, ríe.
Puede y no,
no sabe, no opina,
vuelve, se va.

1/3/10


Copia de un mail que hace poco escribí a una de mis mejores amigas por una situación un poco complicada, obviaré nombres y referencias. Me pareció importante:

Ayer te fuiste del msn así y me preocupaste mucho. Entendí que no era momento de hablar, pero creo que ahora sí es necesario que sepas lo que opino y lo que pienso, sobre todo porque te quiero un montón y me jode mucho verte caer en la misma situación, una y otra vez.
¿Qué hacer cuándo la persona a la que queremos no es como queremos que sea? me lo estuve preguntando mil veces anoche y no encontré una respuesta sencilla. Primero, uno quiere a la persona en sí misma y no a lo que queremos que sea, el problema empieza cuando queremos más a esa imagen, al "quiero que sea" más que a la persona misma, tavez esto es lo que está sucediendo. Segundo, cuando quieres a alguien pero a la vez te fastidia su forma de ser en algunos aspectos, sufres el doble por verte en una contradicción horrible, imagino lo que debes sentir. Tercero, si te digo que lo dejes y te quedes tranquila estaría minimizando todo, no es así de simple, lo sé. Sin embargo, he llegado a la conclusión de que por más que digas "voy a quererlo tal cuál es", siempre te joderá porque tú también te importas y si te importas tú misma te importa lo que en verdad quieres: él no es así.
ÉL NO VA A CAMBIAR, aunque te entren las esperanzas repentinas cada fin de semana, él no será como los demás, así como tú y yo no somos iguales, así como tu tampoco cambiarás, no lo compares, no compares tu relación con otras porque será peor. Concéntrate en ti, en lo que en verdad quieres en tu vida: estabilidad o conflictos? calma o acción? una relación bonita y empalagosa o un reto SUPER arriesgado(del que, OJO, puedes salir perdiendo)?
Dáte un tiempo, pero un tiempo de verdad, piensa por ti misma sin necesidad de dramatismos o escándalos. Al fin y al cabo no es tan difícil decidir por tu propio bien y sin herir a los demás.
Apaga el nextel un rato, no hables con NADIE, ten las cosas claras y cuando sientas que estás segura de lo que quieres, de lo que necesitas, de lo que piensas, entonces vuelve y haz lo que tengas que hacer, yo estaré de acuerdo con lo que decidas porque sé que será lo mejor, y si no lo es será tu roche, igual yo voy a estar a tu lado.

Importante: Primero quiérete a ti y luego a los demás.
Te quiero mucho!

2/2/10

El último día de mi enero.


Entonces vi su carro estacionado en la puerta de mi casa, era un deportivo negro, las lunas oscuras, como él, como sus ojos, irónicamente.
Un año y 4 días han pasado exactamente desde el día en que todo empezó, ese todo que acabó tan rápido y tan mal. No sé que hacer, verlo parado en la puerta de casa fue lo más inesperado que me ha pasado, claro, después de lo que me hizo, aquello tampoco me lo esperé.
Voy rápido hacia mi habitación a cambiarme el camisón por unos jeans y un polo, llevada por un impulso, no pienso, no siento, estoy temblando. Mi hermana me dice: “¿Qué? ¿De verdad es él? Eso quiere decir que aún piensa en ti”, yo sólo pienso cállate.
El pasadizo se me hace larguísimo, pasan un millón de cosas por mi mente mientras doy pasos acelerados casi sin darme cuenta, le digo a mamá: “¡Ya regreso!” y no le presto atención a lo que me responde, en realidad no me importa mucho. Bajo las escaleras.
Entonces me encuentro parada frente a él, frente a su auto, me mira desde el asiento del conductor y me dice: “¿Subes?”. Respiro profundamente con una ligera sonrisa en el rostro y camino hacia el otro lado, tengo las manos en los bolsillos y no sé bien qué decir, pero me alegra, de verdad me alegra que hayas venido, J.
Subo al carro y adentro todo es más oscuro aún, pero debo estar tranquila, tengo que estarlo, de ninguna forma notará lo nerviosa que estoy, lo mucho que mi corazón se ha acelerado. Lleva puesto, extrañamente, un polo de mangas largas, estamos en pleno verano. Sus jeans y su gorra de siempre, pero ahora ha cambiado la blanca que tenía por una negra más seria, se ve interesante pienso. A estas alturas aún imagino que es un mal sueño, o uno bueno, talvez. ¿Por qué me has buscado, J? ¿Por qué ahora? ¿Qué ha pasado en todo este tiempo? ¡Qué lindo verte! Le digo lo que debí decirle aquella tarde de marzo: “Tengo tantas cosas que preguntarte”. Él me mira como siempre, con una sonrisa de lado, como a una niña, como algo inocente e incorruptible, se equivoca, esa ya no soy yo. Me dice: “¡qué linda estás!” Sin embargo nunca me mira a los ojos y él más que nadie sabe por qué no puede. “¿Por qué me hiciste eso? ¿Por qué a mi, J? Yo nunca te hice daño, yo te quería”, “Lo sé, lo sé y me siento muy culpable, no debía hacerlo, jamás debí hacerlo, menos a ti. Todo este tiempo he pensado y pensado en ti, he estado con otras chicas pero siempre te he tenido aquí, nunca me quité el anillo, cada día lo observaba y te veía a ti sonriéndome, tan buena, tan dulce, siempre tú”. No sé si enojarme, si entristecerme o reírme de lo que acaba de decir, no tiene aún la mínima idea de todo por lo que tuve que pasar, de todo lo que me afectó, no se imagina siquiera que necesité de ayuda psicológica, no, él y su ego son así. “Te volví a llamar muchas veces y nunca contestaste, ¿Por qué ni una sola llamada? Ni un solo mensaje, ¿por qué?”, me dijo. Sonreí y le contesté que había apagado ese celular durante seis meses, hablar con él me haría daño y decidí simplemente evitarlo, yo ya no quería seguir llorando por él. Le dije que ahora tenía uno nuevo de otra empresa telefónica y ya ni me acordaba del anterior, no del celular, lamentablemente de él sí, cada día del año que ha pasado, de él sí.
Hablamos mucho, contestó muchas de mis preguntas. Él también estaba nervioso, lo noté cuando quiso estacionarse y chocó con dos árboles, no se fijaba en los rompe muelles y no manejaba bien los cambios. En realidad fue muy gracioso ver ese lado débil de él, que él también es susceptible, que él también puede ser víctima.
“Sólo contigo siento esta paz, esta tranquilidad”, me dijo. Sonreí y me quedé callada, sí, claro, yo soy paz y amor, por ser tan buena cagaste todo, huevón, pensé.
Le iba muy bien en lo de la música, había comprado el carro en el que estábamos conversando hace tres meses y se había concentrado en muchas cosas. Claro que le pregunté por ella y por aquella. Con la primera fue lo que supuse, al mes se había aburrido de su chica bonita. Con la segunda fue un poco más complejo, había vuelto con aquella ilusión infantil para ver qué pasaba y ahora ya lo había comprobado, terminaron rápido y no quería volver a verla. Tanto por tan poco, pensé. Sacrificaste tanto, por eso, J, fuiste tan tonto, sé que nunca encontraste, ni encontrarás lo que yo te di, lo que yo te pude haber seguido dando.
Habían pasado dos horas, pensé que mamá iba a matarme, miró su celular y dijo: “Ya es tarde, ¿no?”, sí, regresamos a casa y le pedí que me dejara una cuadra antes, no quería que mi mamá lo vea, imagino que ella, después de todo, tampoco quería volver a verlo.
Estaba a punto de bajar de su carro, cuando me cogió de la mano, malditas sus manos. Me detuvo y me dijo: “¿Tu crees que podríamos algún día, no sé, salir?” yo pensé mucho en dos segundos y contesté: “Sí, claro”. Iba a abrir la puerta y me dijo: “Oye, ¡tú numero pues!” y nos reímos un rato, es verdad, lo había olvidado, se lo di con una sonrisa en el rostro. Nos miramos así, tres segundos, sonriendo, a los ojos por primera vez en toda la conversación, hasta que él desvió la mirada y dijo que era mejor que regrese a casa, que mi mamá debía estar preocupada. Caminé lentamente y él se quedó estacionado, viéndome. De pronto, volteé y caminé de regreso, él me miraba sorprendido, me acerqué a su ventana y le dije: “Gracias”.
Ya arriba, desde las escaleras vi como el carro avanzaba lentamente hasta perderse a lo lejos. Arriba no se divisaban estrellas, ni luna. La noche estaba oscura, irónicamente.

29/1/10

Amelia


Hay quienes dicen que se debe aprender a reír, yo no sé si sea cierto, pero sé de alguien que una vez aprendió.
Amelia se fue porque quería volver, ella se fue para extrañar, para estar sola.
En donde quiera que estés se que odiarás estas palabras, aunque no quieras recordarlo, lo recordarás.
Amelia, ¿Qué pasó? ¿Qué fue lo que esa noche pobló tu cabecita y tu corazón?
Despertabas todos los días a fumar un cigarro, ducha, un café, tu rutina. Amabas a Los Beatles, si se puede decir que tú “amabas”, y siempre cantabas canciones tristes.
Él te amaba, estoy completamente segura, te habías convertido en todo para él, te llamaba siempre, se preocupaba por ti, te amaba como nunca podrás siquiera imaginar. Él vivía feliz a tu lado, tú no. ¿Qué era lo que te hacía sentir inconformidad todo el tiempo?, el amor a la soledad te jugaba malas pasadas, te hacía alejarte más y más de él, no estabas completa, o quizá nunca estuviste incompleta, talvez él era una pieza que sobraba en tu maldito rompecabezas.
Amelia, tú lo querías, en el fondo sentías un poco, algo de amor por él. Pero un día te hartaste de la perfección, de sus palabras empalagosas, de sus regalos y sus flores, de no ser solo tú, estabas celosa de él porque te tenía, Amelia, todo eras tú, todo tenías que ser tú.
Salieron a pasear una noche, él te tomaba de la mano con ternura, te besaba en la frente, tú le sonreías, aunque nunca habías sonreído de verdad, ese gesto horrible que hacías y él contemplaba con amor. Iban caminando, no llores, Amelia, tus lágrimas ya no sirven, son falsas y tú lo sabes mejor que yo. Pasaban por una concurrida avenida, autos iban y venían a gran velocidad, mucha gente, iban a cruzar. Pero, Amelia, ¿de dónde sacaste esas fuerzas?, cerraste los ojos un segundo y juntaste todas esas noches en que pensabas ¿por qué me quiere?, ¿por qué?, que no lo haga, le haré daño, aléjate de mí. Juntaste todos los besos forzados, los alo’s desganados, todo eso, Amelia, porque en el fondo querías salvarlo, él no se merecía lo que le hacías. De pronto, con todas esas fuerzas y sin pensarlo, lo empujaste, sí, lo empujaste y no me digas que me calle, Amelia, lo empujaste hacia la pista y pasó un enorme bus, lo arrastró varios metros, fue un espectáculo desgarrador, la sangre derramada, los autos frenando en seco, los peatones con los ojos desorbitados y tú, Amelia, tú te reíste. Reías con tantas ganas, parecías liberada, reías a carcajadas, con una expresión escalofriante de verdadera felicidad. En ese momento te fuiste, te fuiste para echarlo de menos, para estar sola y disfrutar de ti, te fuiste y no sé si vas a volver, tampoco sé a dónde, pero con él te fuiste.
Donde quiera que estés, Amelia, yo no sé si después de eso volviste a reír, pero esa noche aprendiste, porque, ya sabes, hay quienes dicen que se debe aprender a reír.

Cuarto menguante


Eran las 10 de la noche y el día había sido pesado, Rose caminaba por aquella calle oscura de Florencia para llegar a la avenida o en el mejor de los casos encontrar un taxi. Le dolía el cuello y la espalda, era hora de cambiar la silla de la oficina y de pedir un fin de semana libre, las ojeras que traía asustarían a cualquiera. El sonido de los tacos del zapato contra el piso hacía eco en aquella calle vacía, su paso era rápido, sólo quería llegar a casa y dormir, sólo eso. Eran las 10 de la noche y el día había sido pesado, Wayta caminaba por el sendero que la haría volver a la tribu, la caza no había sido productiva y sólo había recolectado unos cuántos frutos, no era buena temporada, talvez el mes próximo todo saldría mejor. Hacía mucho ruido entre el follaje, lo único que quería era volver a casa y acostarse en la piel de leopardo, sólo eso.
El camino se hacía más largo, ya era tarde y no divisaba a nadie a lo lejos, mejor sería coger el celular y llamar a la compañía de taxis o llamar a Eduard para que la vaya a recoger, aunque a esas horas de la noche él recién estaría por salir del trabajo, pensó en que era mejor seguir caminando, faltaba poco. La luna estaba en cuarto menguante, no había más luz que esa, de vez en cuando Wayta escuchaba algunos sonidos extraños, seguro serían los animales, comenzaba a asustarse, a esas horas de la noche acostumbran a salir a cazar los felinos más peligrosos. Pasos atrás de ella, pasos, Rose sintió miedo, su paso se hacía más rápido y más firme, no eran de una sola persona, eran más, miraba hacia delante fijamente con la esperanza de divisar un auto, una persona, algo, quería salir de ese lugar, pero no debía correr, no, no debía correr y empezó a caminar sigilosamente, estaba segura de que algo venía tras ella y no era sólo uno, Wayta cogió una piedra que encontró entre la hierba, miraba hacia todos lados, tenía los ojos bien abiertos y todos los sentidos en alerta. Los pasos fueron más fuertes y más rápidos, alguien corría tras ella, entró en pánico, por fin volteó, dos hombres con aspecto espantoso y con expresiones terribles corrían tras ella, los zapatos de tacón no la dejaban correr, estaba claro, de todas formas la alcanzarían, comenzó a llorar, los tigres venía a toda velocidad tras ella, lloraba, sabía que estaba perdida y era solo una mujer indefensa, la alcanzaron. Rose sintió algo frío y filudo en su garganta y los ojos se le fueron cerrando, perdió la visión y la noción del tiempo, Wayta cerró los ojos y se dejó caer. Todo era silencio y oscuridad, una indefensa presa más había caído aquella noche y, arriba, en el cielo, la luna estaba en cuarto menguante.

Papá


No, Dios mío, ¿sangre?, carajo viejo, no, tengo que hacer algo ¿quién fue el conchasumadre?, calma, sangre, cuerpo, putamadre, viejo, ¿lo levanto?, no, no, tranquilo, no respira, viejo, no, ¿mi mamá?, putamadre, ¿por qué?, levántate viejo, la alfombra, la sangre, miedo, miedo, pena, ¿qué hago?, las llaves del carro, el teléfono, suena, suena, sueña, anoche soñé con él, sí, en el club estábamos, en la piscina, habían de esos pajaritos de colores que dicen cu cu lí y jugábamos fútbol y luego a la piscina, en esos tiempos… su cara, no se mueve, tiene que decirme algo, no, no, no, mejor no, sí, viejito, por favor, ventana, puerta, no me voy, teléfono 246, no, no, 26471, no, mejor corto, carajo, ¡papá!... las chelitas de los domingos con mi viejo, ¿qué voy a hacer?, las lágrimas, la camisa, la camisa de mi viejo, ya no lloro, ya no lloro, la ambulancia, no, se ha muerto, carajo, se ha muerto, cuando cumplí trece, mi viejo y su carro azul, putamadre, pesa, al patio, afuera, afuera, nadie va a ver, nadie va a ver, no, ya no lloro, ya no lloro, ¿por qué?, ahora, mi mamá, carajo, Cecilia, se van a poner mal, ¿quién fue el hijo de puta?, mis manos, no, no, mis manos, carajo, el cuchillo, viejito, yo no lo hice, yo no lo hice…

Silencio

Y luego el silencio se vuelve un lamento de guerras perdidas, dice una canción. Nicolás vivió una guerra y sin duda la perdió. Dicen que a veces es mejor tragarse las palabras, que el silencio triunfe es mejor que morir por algo que se dice, morir por algo que no se dice, vivir por algo que no se debe decir.

Los días pasaban grises y lluviosos en Madrid. Eran las tres de la tarde y Nicolás salía del colegio, primer año de secundaria. Estudiaba en un colegio parroquial de varones cerca de casa. Siempre le había llamado la atención el olor de la tierra mojada a esa hora del día, tibiecita, marrón. Como cualquier día de clases salía con el morral beige al hombro y un paquete de chocolate para el camino.

Nicolás no tenía demasiados amigos, “sólo los necesarios”, decía y nunca le había encontrado el gusto a las chicas y esas cosas, al menos no hasta ahora. Los chicos de su clase se enviaban cartitas con las niñas del colegio de en frente, tenían sus primeras novias, él no, le parecía tonto, muy tonto. Tenía muy buenas calificaciones, quizá porque le agradaba concentrarse mucho en algo específico para no ponerse a pensar de más, como a veces le parecía. Si la luna brilla o no con luz propia, si Carlitos era realmente su amigo o sólo lo buscaba para hacer las tareas, si el vaso mitad lleno o mitad vacío, si era o no un adulto atrapado en el cuerpo de un chico de trece años, si el cura del colegio lo miraba raro en realidad o era su imaginación.

Los padres de Nicolás estaban divorciados, vivía con papá y su novia: Estela, hacía mucho no sabía nada sobre mamá, tampoco se animaba a preguntarle a papá sobre ella. En total eran cuatro personas en casa, más su hermanastra menor, Antonella de 5 años.

A pesar de la poca atención que recibía nunca se sintió solo, era un adolescente autosuficiente y eso sorprendía mucho a su padre, quien estaba orgulloso de él, “qué bueno que no sacó la locura de la madre”, solía decir. Pero Nicolás no estaba tan bien como aparentaba o por lo menos pronto dejaría de estarlo.

Desde muy niño sufría de fuertes dolores de cabeza, con el tiempo éstos vendrían acompañados de diversos síntomas, últimamente por una lluvia de pensamientos, ideas, palabras de todo tipo que lo confundían y le hacían sentir que el cerebro le explotaba. Tomaba unas píldoras desde los ocho años con las que, con suerte, todo le pasaba en cuestión de minutos, a veces el dolor se iba y las palabras no, a veces los pensamientos se iban y el dolor no, todo era cuestión del día y de la suerte.

Estela, la novia de papá, era jovial y alegre, e intentaba ganarse la confianza de Nicolás con mucho esfuerzo, se interesaba en él, le preguntaba cosas, salía con él; sin embargo, él nunca pudo cruzar más de cinco palabras con ella, no se podía. A veces sentía algo raro por ella, envidia talvez, era linda y joven. Él era algo que no quería ser, él no estaba tan conforme con lo que era, con lo que vivía.

Eran las diez de la noche, hora de dormir, estaba acostado en su cama cuando de repente estalló la tormenta otra vez, voces, tú sí, tú no, piensa, piensa, no puedes, regresa, Nicolás, Nicolás. Las píldoras, se acabaron, ¡Papá!, escaleras, golpes, oscuro, miedo, tú sí, tú sí, eres, ¿Nicolás?, ¡Papá!, dolor, hijo, tranquilo, un frasco nuevo y sus ojos se cerraron para descansar.

Al día siguiente estaba aún algo aturdido por lo de la noche anterior, tenía un par de moretones en las piernas y un leve dolor de cabeza, no fue al colegio, era el primer día que faltaba al colegio desde que recordaba. Por la tarde, el cura del colegio llamó a casa para preguntar qué había pasado y si se encontraba bien, se despidió con un: “hasta mañana, Nico, que descanses”, le pareció extraño pero seguramente era uno más de sus estúpidos pensamientos, seguramente.

A la mañana siguiente, se despertó tarde, tenía quince minutos de retraso, el ruido y el agua cayendo sobre su cabeza en la ducha parecían llevarse todos esos pensamientos y el maldito dolor de cabeza. Llegó al colegio, la puerta cerrada, ¡mierda!, tocó el timbre, salió el cura y le abrió la puerta, “Pasa”, le dijo y le acarició la cabeza. El cura caminaba adelante, él sólo lo seguía, no entendía por qué pero sentía que lo guiaba. Cruzaron el gran patio, distanciados por varios metros, llegaron al salón de profesores, escritorios y computadoras. Siguieron por un pasillo estrecho y algo oscuro, Nicolás nunca había estado ahí, ni siquiera imaginaba que existía algo así dentro del colegio. Al final del pasillo había una pequeña puerta de madera oscura, barnizada e imponente. El cura metió una mano al bolsillo y la movía buscando algo, talvez las llaves, por un momento sus movimientos se detuvieron, era un gesto de duda, sí, el cura estaba dudando si entrar o no a ese lugar con él, Nicolás sintió miedo, pero a la vez quería decirle: “No dude, debemos entrar, tenemos que entrar”. Finalmente sacó una pequeña llave dorada y la encajó en la cerradura.

La puerta se abrió, era una pequeña oficina llena de libros y cuadros, alfombrada y tapizada, las cortinas estaban cerradas y la luz amarilla prendida, el ambiente era agradable. Nicolás observaba todo con detenimiento, se acercó a las ventanas, corrió ligeramente la cortina con el dedo índice y pudo ver directamente el muro en el cual solía sentarse todos los recreos a observar a los demás chicos, se imaginó viéndose a sí mismo ahí, sentado, solo, de espaldas. Era un ángulo interesante desde el cual nunca había imaginado verse, y, sin embargo, ahora descubría que alguien más lo había estado haciendo durante mucho tiempo.

El cura le dijo a Nicolás: “Siéntate, ponte cómodo”. El muchacho no supo cómo entender lo que acababa de oír, ¿Qué me ponga cómodo?, sí, claro.

Se sentaron en dos sofás, uno frente al otro, el cura miraba al techo y él al piso, fijamente. Se quedaron así por un largo rato, sin decir palabra. El tictac del reloj se hacía cada vez más fuerte en el silencio, tictac, cabeza, no puedo, no, quiero, dolor, píldoras, necesito. Un ataque más de los dolores y pensamientos, el cura se asustó, Nicolás se retorcía en el sofá con los ojos cerrados, decía cosas sin sentido, podía entender algunas palabras, no, no, puedo, quiero, no, debo, ya, dolor. De pronto, Nicolás se levantó de golpe, caminó dos pasos y se acercó al cura, lo miró a los ojos, estaba a tres centímetros de él, se fijó en su rostro, en sus ojos marrones pequeños, en sus ligeras arrugas, debía tener unos cuarenta años. Empezó a acariciarlo, el cura temblaba, Nicolás parecía muy seguro, lo observaba, sus mejillas, su boca, su boca, lo besó. Lo que siguió a ese beso fueron movimientos suaves y torpes, era el cura quien ponía cierta resistencia, Nicolás sólo seguía sus impulsos y el dolor pasaba, las palabras se iban, la luz se apagó.

Hacia el mediodía debió estar saliendo de esa pequeña habitación, Nicolás salió solo, sin dolor de cabeza, ni pensamientos, salió desnudo por dentro, por fuera ya estaba vestido. Caminó, le pareció larguísimo el camino, cruzó el patio, no veía a nadie, casi por inercia abrió la gran puerta de metal y salió del colegio. Afuera llovía, pero el olor de la tierra mojada por la lluvia no era igual al de las tres de la tarde, era diferente, muy distinto, caliente, intenso, embriagante. Sacó el paquete de chocolate acostumbrado pero no le apetecía, estaba lleno, se sentía lleno, caminó hasta la casa. Hola papá, hola Estela, no, no había nadie aún, debían estar almorzando en el café Piccolo, es verdad, por un momento olvidó que había salido mucho más temprano. Subió a su cuarto, estaba frío, no parecía el mismo que dejó por la mañana. Quería que vuelvan los pensamientos, las ideas, el dolor, culpable, maricón. Carajo, las píldoras, no le dolía nada, quería sentir el dolor de mierda, quería oír las palabras, los pensamientos, quería sentirse confundido y gritar, caer por las escaleras, golpearse, tomar las píldoras y tranquilizarse, pero no, estaba bien, ¡maldita sea!, estaba bien. Cogió un lápiz y escribió una frase en la pared, la repetía y la repetía, pronto su cuarto por completo estaba lleno de frases que sólo decían una cosa. Antonella subió: “hermanito, ¿Qué haces?”, carajo, Antonella no se había ido, “nada, pequeña, nada, me duele la cabeza, nada más”, “¿Por qué pintas?, ¿Yo también puedo pintar?”, “No, Anto, déjame sólo” y cerró la puerta de golpe, la niña lloraba afuera de su habitación, claro, era una niña y lloraba, él no. Tomó el frasco, el vaso con agua, ocho píldoras, ocho no, trece como su edad, no, mejor cuarenta, sí, cuarenta píldoras, una por una con varios sorbos de agua y se acostó en la cama, cerró los ojos. En la pared se leía: “Papá, soy gay”.