
Hay quienes dicen que se debe aprender a reír, yo no sé si sea cierto, pero sé de alguien que una vez aprendió.
Amelia se fue porque quería volver, ella se fue para extrañar, para estar sola.
En donde quiera que estés se que odiarás estas palabras, aunque no quieras recordarlo, lo recordarás.
Amelia, ¿Qué pasó? ¿Qué fue lo que esa noche pobló tu cabecita y tu corazón?
Despertabas todos los días a fumar un cigarro, ducha, un café, tu rutina. Amabas a Los Beatles, si se puede decir que tú “amabas”, y siempre cantabas canciones tristes.
Él te amaba, estoy completamente segura, te habías convertido en todo para él, te llamaba siempre, se preocupaba por ti, te amaba como nunca podrás siquiera imaginar. Él vivía feliz a tu lado, tú no. ¿Qué era lo que te hacía sentir inconformidad todo el tiempo?, el amor a la soledad te jugaba malas pasadas, te hacía alejarte más y más de él, no estabas completa, o quizá nunca estuviste incompleta, talvez él era una pieza que sobraba en tu maldito rompecabezas.
Amelia, tú lo querías, en el fondo sentías un poco, algo de amor por él. Pero un día te hartaste de la perfección, de sus palabras empalagosas, de sus regalos y sus flores, de no ser solo tú, estabas celosa de él porque te tenía, Amelia, todo eras tú, todo tenías que ser tú.
Salieron a pasear una noche, él te tomaba de la mano con ternura, te besaba en la frente, tú le sonreías, aunque nunca habías sonreído de verdad, ese gesto horrible que hacías y él contemplaba con amor. Iban caminando, no llores, Amelia, tus lágrimas ya no sirven, son falsas y tú lo sabes mejor que yo. Pasaban por una concurrida avenida, autos iban y venían a gran velocidad, mucha gente, iban a cruzar. Pero, Amelia, ¿de dónde sacaste esas fuerzas?, cerraste los ojos un segundo y juntaste todas esas noches en que pensabas ¿por qué me quiere?, ¿por qué?, que no lo haga, le haré daño, aléjate de mí. Juntaste todos los besos forzados, los alo’s desganados, todo eso, Amelia, porque en el fondo querías salvarlo, él no se merecía lo que le hacías. De pronto, con todas esas fuerzas y sin pensarlo, lo empujaste, sí, lo empujaste y no me digas que me calle, Amelia, lo empujaste hacia la pista y pasó un enorme bus, lo arrastró varios metros, fue un espectáculo desgarrador, la sangre derramada, los autos frenando en seco, los peatones con los ojos desorbitados y tú, Amelia, tú te reíste. Reías con tantas ganas, parecías liberada, reías a carcajadas, con una expresión escalofriante de verdadera felicidad. En ese momento te fuiste, te fuiste para echarlo de menos, para estar sola y disfrutar de ti, te fuiste y no sé si vas a volver, tampoco sé a dónde, pero con él te fuiste.
Donde quiera que estés, Amelia, yo no sé si después de eso volviste a reír, pero esa noche aprendiste, porque, ya sabes, hay quienes dicen que se debe aprender a reír.


