29/1/10

Amelia


Hay quienes dicen que se debe aprender a reír, yo no sé si sea cierto, pero sé de alguien que una vez aprendió.
Amelia se fue porque quería volver, ella se fue para extrañar, para estar sola.
En donde quiera que estés se que odiarás estas palabras, aunque no quieras recordarlo, lo recordarás.
Amelia, ¿Qué pasó? ¿Qué fue lo que esa noche pobló tu cabecita y tu corazón?
Despertabas todos los días a fumar un cigarro, ducha, un café, tu rutina. Amabas a Los Beatles, si se puede decir que tú “amabas”, y siempre cantabas canciones tristes.
Él te amaba, estoy completamente segura, te habías convertido en todo para él, te llamaba siempre, se preocupaba por ti, te amaba como nunca podrás siquiera imaginar. Él vivía feliz a tu lado, tú no. ¿Qué era lo que te hacía sentir inconformidad todo el tiempo?, el amor a la soledad te jugaba malas pasadas, te hacía alejarte más y más de él, no estabas completa, o quizá nunca estuviste incompleta, talvez él era una pieza que sobraba en tu maldito rompecabezas.
Amelia, tú lo querías, en el fondo sentías un poco, algo de amor por él. Pero un día te hartaste de la perfección, de sus palabras empalagosas, de sus regalos y sus flores, de no ser solo tú, estabas celosa de él porque te tenía, Amelia, todo eras tú, todo tenías que ser tú.
Salieron a pasear una noche, él te tomaba de la mano con ternura, te besaba en la frente, tú le sonreías, aunque nunca habías sonreído de verdad, ese gesto horrible que hacías y él contemplaba con amor. Iban caminando, no llores, Amelia, tus lágrimas ya no sirven, son falsas y tú lo sabes mejor que yo. Pasaban por una concurrida avenida, autos iban y venían a gran velocidad, mucha gente, iban a cruzar. Pero, Amelia, ¿de dónde sacaste esas fuerzas?, cerraste los ojos un segundo y juntaste todas esas noches en que pensabas ¿por qué me quiere?, ¿por qué?, que no lo haga, le haré daño, aléjate de mí. Juntaste todos los besos forzados, los alo’s desganados, todo eso, Amelia, porque en el fondo querías salvarlo, él no se merecía lo que le hacías. De pronto, con todas esas fuerzas y sin pensarlo, lo empujaste, sí, lo empujaste y no me digas que me calle, Amelia, lo empujaste hacia la pista y pasó un enorme bus, lo arrastró varios metros, fue un espectáculo desgarrador, la sangre derramada, los autos frenando en seco, los peatones con los ojos desorbitados y tú, Amelia, tú te reíste. Reías con tantas ganas, parecías liberada, reías a carcajadas, con una expresión escalofriante de verdadera felicidad. En ese momento te fuiste, te fuiste para echarlo de menos, para estar sola y disfrutar de ti, te fuiste y no sé si vas a volver, tampoco sé a dónde, pero con él te fuiste.
Donde quiera que estés, Amelia, yo no sé si después de eso volviste a reír, pero esa noche aprendiste, porque, ya sabes, hay quienes dicen que se debe aprender a reír.

Cuarto menguante


Eran las 10 de la noche y el día había sido pesado, Rose caminaba por aquella calle oscura de Florencia para llegar a la avenida o en el mejor de los casos encontrar un taxi. Le dolía el cuello y la espalda, era hora de cambiar la silla de la oficina y de pedir un fin de semana libre, las ojeras que traía asustarían a cualquiera. El sonido de los tacos del zapato contra el piso hacía eco en aquella calle vacía, su paso era rápido, sólo quería llegar a casa y dormir, sólo eso. Eran las 10 de la noche y el día había sido pesado, Wayta caminaba por el sendero que la haría volver a la tribu, la caza no había sido productiva y sólo había recolectado unos cuántos frutos, no era buena temporada, talvez el mes próximo todo saldría mejor. Hacía mucho ruido entre el follaje, lo único que quería era volver a casa y acostarse en la piel de leopardo, sólo eso.
El camino se hacía más largo, ya era tarde y no divisaba a nadie a lo lejos, mejor sería coger el celular y llamar a la compañía de taxis o llamar a Eduard para que la vaya a recoger, aunque a esas horas de la noche él recién estaría por salir del trabajo, pensó en que era mejor seguir caminando, faltaba poco. La luna estaba en cuarto menguante, no había más luz que esa, de vez en cuando Wayta escuchaba algunos sonidos extraños, seguro serían los animales, comenzaba a asustarse, a esas horas de la noche acostumbran a salir a cazar los felinos más peligrosos. Pasos atrás de ella, pasos, Rose sintió miedo, su paso se hacía más rápido y más firme, no eran de una sola persona, eran más, miraba hacia delante fijamente con la esperanza de divisar un auto, una persona, algo, quería salir de ese lugar, pero no debía correr, no, no debía correr y empezó a caminar sigilosamente, estaba segura de que algo venía tras ella y no era sólo uno, Wayta cogió una piedra que encontró entre la hierba, miraba hacia todos lados, tenía los ojos bien abiertos y todos los sentidos en alerta. Los pasos fueron más fuertes y más rápidos, alguien corría tras ella, entró en pánico, por fin volteó, dos hombres con aspecto espantoso y con expresiones terribles corrían tras ella, los zapatos de tacón no la dejaban correr, estaba claro, de todas formas la alcanzarían, comenzó a llorar, los tigres venía a toda velocidad tras ella, lloraba, sabía que estaba perdida y era solo una mujer indefensa, la alcanzaron. Rose sintió algo frío y filudo en su garganta y los ojos se le fueron cerrando, perdió la visión y la noción del tiempo, Wayta cerró los ojos y se dejó caer. Todo era silencio y oscuridad, una indefensa presa más había caído aquella noche y, arriba, en el cielo, la luna estaba en cuarto menguante.