No, Dios mío, ¿sangre?, carajo viejo, no, tengo que hacer algo ¿quién fue el conchasumadre?, calma, sangre, cuerpo, putamadre, viejo, ¿lo levanto?, no, no, tranquilo, no respira, viejo, no, ¿mi mamá?, putamadre, ¿por qué?, levántate viejo, la alfombra, la sangre, miedo, miedo, pena, ¿qué hago?, las llaves del carro, el teléfono, suena, suena, sueña, anoche soñé con él, sí, en el club estábamos, en la piscina, habían de esos pajaritos de colores que dicen cu cu lí y jugábamos fútbol y luego a la piscina, en esos tiempos… su cara, no se mueve, tiene que decirme algo, no, no, no, mejor no, sí, viejito, por favor, ventana, puerta, no me voy, teléfono 246, no, no, 26471, no, mejor corto, carajo, ¡papá!... las chelitas de los domingos con mi viejo, ¿qué voy a hacer?, las lágrimas, la camisa, la camisa de mi viejo, ya no lloro, ya no lloro, la ambulancia, no, se ha muerto, carajo, se ha muerto, cuando cumplí trece, mi viejo y su carro azul, putamadre, pesa, al patio, afuera, afuera, nadie va a ver, nadie va a ver, no, ya no lloro, ya no lloro, ¿por qué?, ahora, mi mamá, carajo, Cecilia, se van a poner mal, ¿quién fue el hijo de puta?, mis manos, no, no, mis manos, carajo, el cuchillo, viejito, yo no lo hice, yo no lo hice…
Y luego el silencio se vuelve un lamento de guerras perdidas, dice una canción. Nicolás vivió una guerra y sin duda la perdió. Dicen que a veces es mejor tragarse las palabras, que el silencio triunfe es mejor que morir por algo que se dice, morir por algo que no se dice, vivir por algo que no se debe decir.
Los días pasaban grises y lluviosos en Madrid. Eran las tres de la tarde y Nicolás salía del colegio, primer año de secundaria. Estudiaba en un colegio parroquial de varones cerca de casa. Siempre le había llamado la atención el olor de la tierra mojada a esa hora del día, tibiecita, marrón. Como cualquier día de clases salía con el morral beige al hombro y un paquete de chocolate para el camino.
Nicolás no tenía demasiados amigos, “sólo los necesarios”, decía y nunca le había encontrado el gusto a las chicas y esas cosas, al menos no hasta ahora. Los chicos de su clase se enviaban cartitas con las niñas del colegio de en frente, tenían sus primeras novias, él no, le parecía tonto, muy tonto. Tenía muy buenas calificaciones, quizá porque le agradaba concentrarse mucho en algo específico para no ponerse a pensar de más, como a veces le parecía. Si la luna brilla o no con luz propia, si Carlitos era realmente su amigo o sólo lo buscaba para hacer las tareas, si el vaso mitad lleno o mitad vacío, si era o no un adulto atrapado en el cuerpo de un chico de trece años, si el cura del colegio lo miraba raro en realidad o era su imaginación.
Los padres de Nicolás estaban divorciados, vivía con papá y su novia: Estela, hacía mucho no sabía nada sobre mamá, tampoco se animaba a preguntarle a papá sobre ella. En total eran cuatro personas en casa, más su hermanastra menor, Antonella de 5 años.
A pesar de la poca atención que recibía nunca se sintió solo, era un adolescente autosuficiente y eso sorprendía mucho a su padre, quien estaba orgulloso de él, “qué bueno que no sacó la locura de la madre”, solía decir. Pero Nicolás no estaba tan bien como aparentaba o por lo menos pronto dejaría de estarlo.
Desde muy niño sufría de fuertes dolores de cabeza, con el tiempo éstos vendrían acompañados de diversos síntomas, últimamente por una lluvia de pensamientos, ideas, palabras de todo tipo que lo confundían y le hacían sentir que el cerebro le explotaba. Tomaba unas píldoras desde los ocho años con las que, con suerte, todo le pasaba en cuestión de minutos, a veces el dolor se iba y las palabras no, a veces los pensamientos se iban y el dolor no, todo era cuestión del día y de la suerte.
Estela, la novia de papá, era jovial y alegre, e intentaba ganarse la confianza de Nicolás con mucho esfuerzo, se interesaba en él, le preguntaba cosas, salía con él; sin embargo, él nunca pudo cruzar más de cinco palabras con ella, no se podía. A veces sentía algo raro por ella, envidia talvez, era linda y joven. Él era algo que no quería ser, él no estaba tan conforme con lo que era, con lo que vivía.
Eran las diez de la noche, hora de dormir, estaba acostado en su cama cuando de repente estalló la tormenta otra vez, voces, tú sí, tú no, piensa, piensa, no puedes, regresa, Nicolás, Nicolás. Las píldoras, se acabaron, ¡Papá!, escaleras, golpes, oscuro, miedo, tú sí, tú sí, eres, ¿Nicolás?, ¡Papá!, dolor, hijo, tranquilo, un frasco nuevo y sus ojos se cerraron para descansar.
Al día siguiente estaba aún algo aturdido por lo de la noche anterior, tenía un par de moretones en las piernas y un leve dolor de cabeza, no fue al colegio, era el primer día que faltaba al colegio desde que recordaba. Por la tarde, el cura del colegio llamó a casa para preguntar qué había pasado y si se encontraba bien, se despidió con un: “hasta mañana, Nico, que descanses”, le pareció extraño pero seguramente era uno más de sus estúpidos pensamientos, seguramente.
A la mañana siguiente, se despertó tarde, tenía quince minutos de retraso, el ruido y el agua cayendo sobre su cabeza en la ducha parecían llevarse todos esos pensamientos y el maldito dolor de cabeza. Llegó al colegio, la puerta cerrada, ¡mierda!, tocó el timbre, salió el cura y le abrió la puerta, “Pasa”, le dijo y le acarició la cabeza. El cura caminaba adelante, él sólo lo seguía, no entendía por qué pero sentía que lo guiaba. Cruzaron el gran patio, distanciados por varios metros, llegaron al salón de profesores, escritorios y computadoras. Siguieron por un pasillo estrecho y algo oscuro, Nicolás nunca había estado ahí, ni siquiera imaginaba que existía algo así dentro del colegio. Al final del pasillo había una pequeña puerta de madera oscura, barnizada e imponente. El cura metió una mano al bolsillo y la movía buscando algo, talvez las llaves, por un momento sus movimientos se detuvieron, era un gesto de duda, sí, el cura estaba dudando si entrar o no a ese lugar con él, Nicolás sintió miedo, pero a la vez quería decirle: “No dude, debemos entrar, tenemos que entrar”. Finalmente sacó una pequeña llave dorada y la encajó en la cerradura.
La puerta se abrió, era una pequeña oficina llena de libros y cuadros, alfombrada y tapizada, las cortinas estaban cerradas y la luz amarilla prendida, el ambiente era agradable. Nicolás observaba todo con detenimiento, se acercó a las ventanas, corrió ligeramente la cortina con el dedo índice y pudo ver directamente el muro en el cual solía sentarse todos los recreos a observar a los demás chicos, se imaginó viéndose a sí mismo ahí, sentado, solo, de espaldas. Era un ángulo interesante desde el cual nunca había imaginado verse, y, sin embargo, ahora descubría que alguien más lo había estado haciendo durante mucho tiempo.
El cura le dijo a Nicolás: “Siéntate, ponte cómodo”. El muchacho no supo cómo entender lo que acababa de oír, ¿Qué me ponga cómodo?, sí, claro.
Se sentaron en dos sofás, uno frente al otro, el cura miraba al techo y él al piso, fijamente. Se quedaron así por un largo rato, sin decir palabra. El tictac del reloj se hacía cada vez más fuerte en el silencio, tictac, cabeza, no puedo, no, quiero, dolor, píldoras, necesito. Un ataque más de los dolores y pensamientos, el cura se asustó, Nicolás se retorcía en el sofá con los ojos cerrados, decía cosas sin sentido, podía entender algunas palabras, no, no, puedo, quiero, no, debo, ya, dolor. De pronto, Nicolás se levantó de golpe, caminó dos pasos y se acercó al cura, lo miró a los ojos, estaba a tres centímetros de él, se fijó en su rostro, en sus ojos marrones pequeños, en sus ligeras arrugas, debía tener unos cuarenta años. Empezó a acariciarlo, el cura temblaba, Nicolás parecía muy seguro, lo observaba, sus mejillas, su boca, su boca, lo besó. Lo que siguió a ese beso fueron movimientos suaves y torpes, era el cura quien ponía cierta resistencia, Nicolás sólo seguía sus impulsos y el dolor pasaba, las palabras se iban, la luz se apagó.
Hacia el mediodía debió estar saliendo de esa pequeña habitación, Nicolás salió solo, sin dolor de cabeza, ni pensamientos, salió desnudo por dentro, por fuera ya estaba vestido. Caminó, le pareció larguísimo el camino, cruzó el patio, no veía a nadie, casi por inercia abrió la gran puerta de metal y salió del colegio. Afuera llovía, pero el olor de la tierra mojada por la lluvia no era igual al de las tres de la tarde, era diferente, muy distinto, caliente, intenso, embriagante. Sacó el paquete de chocolate acostumbrado pero no le apetecía, estaba lleno, se sentía lleno, caminó hasta la casa. Hola papá, hola Estela, no, no había nadie aún, debían estar almorzando en el café Piccolo, es verdad, por un momento olvidó que había salido mucho más temprano. Subió a su cuarto, estaba frío, no parecía el mismo que dejó por la mañana. Quería que vuelvan los pensamientos, las ideas, el dolor, culpable, maricón. Carajo, las píldoras, no le dolía nada, quería sentir el dolor de mierda, quería oír las palabras, los pensamientos, quería sentirse confundido y gritar, caer por las escaleras, golpearse, tomar las píldoras y tranquilizarse, pero no, estaba bien, ¡maldita sea!, estaba bien. Cogió un lápiz y escribió una frase en la pared, la repetía y la repetía, pronto su cuarto por completo estaba lleno de frases que sólo decían una cosa. Antonella subió: “hermanito, ¿Qué haces?”, carajo, Antonella no se había ido, “nada, pequeña, nada, me duele la cabeza, nada más”, “¿Por qué pintas?, ¿Yo también puedo pintar?”, “No, Anto, déjame sólo” y cerró la puerta de golpe, la niña lloraba afuera de su habitación, claro, era una niña y lloraba, él no. Tomó el frasco, el vaso con agua, ocho píldoras, ocho no, trece como su edad, no, mejor cuarenta, sí, cuarenta píldoras, una por una con varios sorbos de agua y se acostó en la cama, cerró los ojos. En la pared se leía: “Papá, soy gay”.
Soy así y no me entiendo, todos son asá y los entiendo menos.
Nostálgica y taciturna por naturaleza, divertida y chispeante por sociedad. Amo las tardes naranja/violetas, las puestas de sol, la Luna llena, chocolate, un papel y un lapicero.
Dejé de usar el blog hace dos años, lo he retomado, he ahí la explicación de entradas seguidas en un día. Veamos...